Feliz Navidad (el centro comercial)

Te sientas en un banco central del pasillo y solo tienes que observar: familias, padres con niños y/o niñas (las madres están comprando), jóvenes, mayores, flacos, gordos, altos, bajos, con bolsas, sin bolsas… es un río continuo de gente pasando en uno y otro sentido, con un interminable sonido ambiente atronador incluso para alguien que requiere de audífonos para oír.  También es un pase de modelos: pantalones pitillo, faldas largas, cortas, minifaldas con medias tupidas, botas altas, bajas, con tacones o sin ellos, en playeras, con pantalones pesqueros, anchos, estrechos. Vaqueros ajustados, con rotos, arrastrando. Niños pidiendo pis, otros queriendo correr, pero no les dejan.

Gente toda muy distinta. O muy igual. Al fin y al cabo a todas les mueve lo mismo: el consumismo de estas fechas que se eleva incluso por encima de sus posibilidades.

Esa es la tónica de estos días navideños. Hay que comprar lo que sea, pero sobre todo regalos. Regalos para nuestros hijos, padres, abuelos, hermanos… Es la única razón por la que salvar esto: son regalos para otros. Es el alma adorable de la Navidad. El resto del año nos lo saltamos, no existe.
Durante más de 11 meses nos dedicamos a discutir, poner cara de poker, desentendernos de los problemas del resto de la humanidad, a no saber nada fuera de lo que nos ocurra personalmente. Pero llega estos días y todos nos volvemos amables, queremos al prójimo y hasta nos volvemos solidarios. Que maravillosa es la Navidad, que maravillosas son estas fechas, que cantidad de hipocresía rebosa por cada uno de nuestros poros.
Feliz Navidad.

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