Parece ser que varios ayuntamientos ponen a disposición del Ministerio de Vivienda terrenos para la construcción de 225.000 nuevas viviendas de protección oficial. Según datos recientes, alrededor de 700.000 familias demandan actualmente este tipo de viviendas en nuestro país.

Si se decidieran por utilizar esos terrenos para lo que son, teóricamente desencadenaríamos una serie de procesos interesantes.

Para construir esos pisos son necesarios trabajadores, que dejan las filas del paro. Al entrar en el mercado de trabajo disponen de líquido para gastar activando parte de la ; vuelve a moverse el mercado inmoviliario y probablemente haría que se moviera de nuevo el mercado hipotecario, haciendo crecer la confianza y volviendo a mover el dinero, a ver si de esta forma se conseguía que volviera a bajar el Euribor. Al bajar las hipotecas, dispondríamos de más dinero para gastar en cosas que hoy tenemos aparcadas para mejores tiempos y como decía en mi anterior artículo podríamos cambiar de coche quizas, cambiar el sofá, tomarnos algunas cañas más e incluso pintar la casa.

Evidentemente lo importante también es que el precio de los pisos, amen de ser de protección adecuaran los precios a la ley y tuvieran el precio que deben tener ni más ni menos.

 

El banco central europeo rebaja el precio del dinero y van los , que no se fían unos de otros y que como dice el refrán “cree el ladrón que todos son de su condición”, y hacen subir el Euribor.

Bien. Para reactivar la es cojonudo.

Así, si teníamos poco dinero, a partir de ahora tendremos menos. Dejamos de tomarnos cañas; no cambiamos el coche, aunque tenga 12 años; el sofá va ha ser que aguanta aún (metiendo una tabla debajo); este año la pared aún está bien, no hace falta pintar; así con todo. Eso nos lleva a que los concesionarios y los fabricantes despidan más trabajadores, los bares echen a algún camarero que otro (eso si no cierran), las casas de muebles en la misma situación, el pintor de brazos cruzados no gana un duro (o euro, que no me acostumbro).

A su vez, el vendedor del concesionario o el operario de la fábrica, el camarero o autónomo, el vendedor de muebles y el pintor dejan de: tomarse la caña, cambiar de coche, cambiar el sofá o pintar su casa. Y la rueda sigue y sigue y sigue, indefinídamente, hasta que los bancos se cansen de hacernos la puñeta.

Y ahí está uno de los problemas, que cuando va bien va para todos, pero cuando va mal, guardan la ropa y solo va bien para ellos.

Así nos luce el pelo.

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